Lamont Hamilton: El Príncipe de Brooklyn
El niño que se refugió en el basket para evitar los problemas de un barrio difícil. El adolescente que construyó su cuerpo para cumplir un sueño ajeno. El joven que pudo con los errores y la mala suerte. El hombre que en Bilbao rompe moldes... y tableros. De Monty a Lamont, de Bad Boy a Hombre de Negro
"Caminamos juntos, morimos juntos. Rebeldes para siempre"
Redacción, 4 Dic. 2012.- No ha olvidado aún Lance cómo se apresuró aquel día a abrir la carta. Era su padre. La necesitaba. Cuando la leyó, todo cobró sentido. Qué infancia más complicada en una zona complicada de Brooklyn. Qué duro resultó para él y sus otros 3 hermanos, el mayor Dawan y los menores Lamont y Terrel. "No, claramente no era el mejor barrio de Nueva York", confesó una vez Lamont, hoy jugador del Bilbao Basket en la revista francesa Reverse Magazine.
"De donde vengo, la vida es ruda, no tiene nada que ver con Manhattan. Era bastante peligroso salir. Cuando creces en un lugar dejado de la mano de Dios en Brooklyn, vives en medio de traficantes y drogadictos y debes hacer todo lo posible por permanecer fuera de eso", añadió.
Lance leyó las palabras finales en voz alta. Era una frase que le marcaría a él y a sus hermanos para toda la vida. "Los momentos duros nunca son eternos pero la gente dura, sí". Su padre, desde la cárcel, les había dado una lección de vida.
El sueño del tío Tomas
No parecía pequeño el reto de Ramona. De la mano de ella y de Coroy, padrastro de Lamont y sus hermanos, los niños tenían que salir adelante. Entre todos se ayudaban. "El vecindario era difícil y mi infancia, complicada. Mis hermanos me mantenían centrado, alejado de los problemas", relata hoy Lamont. El deporte, el aliado más fiable.
Nacido un 6 de abril del 84, desde muy pequeño 'Monty' se enamoró del fútbol americano. Sin embargo, en su manzana el más grande siempre fue él. Thomas Lamont Richardson, el tito Thomas, le dio el último empujón. La de horas que pasaron juntos, viendo en el sofá por la televisión partidos de baloncesto. Bendita locura esa de St. John's.
Su altura, la pasión de su tío, la influencia de sus hermanos, que jugaban. El apoyo de su abuelo, un mentor. Ese tren de nombre basket no podía dejarlo pasar. A la edad de 13 se comenzó un trayecto que, 15 años después, le llevó a Bilbao, con muchas y muy diferentes paradas por el camino.
"El baloncesto me ayudaba a mantenerme alejado de las cosas malas que hacían los chicos de mi edad. Mi madre me obligaba a estar a un lado de eso y no era sencillo por la influencia de unos amigos que te obligaban a seguirles", relató una vez aquel niño que se sentía más vivo y más fuerte en una pista que en ningún otro lado. Los días malos podían cambiar si antes de irse a la cama bajaba a lanzar unos tiros.
Empero, en esa época pensaba que todo aquello de lo que trataba el baloncesto se limitaba a la pista. Fuera de ella, anarquía. Comida rápida, hábitos poco sanos y un físico desaprovechado que le llevaron a pesar 280 libras (127 kilogramos). Sus condiciones le habían hecho ganarse un nombre en el circuito neoyorquino y, cuando abandonó el instituto de Bishop Ford por motivos académicos, buscó un "prep school" que le permitiese crecer dentro y fuera de la pista para hacer realidad su sueño de jugar en una universidad de prestigio.
En Milford pasó año y medio (15 puntos y 9 rebotes de media), aunque, y ya era mala suerte, la institución cerró tras 96 años y el jugador tuvo que irse a Maine, a la North Bridgton Academy (12 pt, 8 reb) para jugar el último semestre. Se le hizo tan corto. "Me encantó la educación que me dieron y el basket fue maravilloso. Me ayudó mucho y empecé a trabajar duro allí".
Meses antes, había sido seleccionado para el Adidas ABCD Camp, siendo considerado uno de los mejores pívots de su cosecha. Un buen día, jugó contra Kendrick Perkins, y se convenció de que había elegido el buen camino. Se lo merendó. Si había podido con aquel al que todos auguraban futuro NBA... ¿por qué él no podría llegar?
La confianza se mezcló con el orgullo, de ese que va siempre acompañado de lágrimas, cuando Lamont recibió la noticia más triste de aquella transición de niño a adulto. Su tío Thomas murió joven, muy joven (49 años), sin cumplir su sueño de ver a su sobrino Lamont defendiendo los colores de St. John's. "Sufrí mucho su pérdida, murió justo antes de elegir universidad".
Le tentaban Tennesse o Connecticut, mas el destino estaba escrito desde aquellas horas felices de sofá, manta y televisión. St. John's, la mítica St. John's, la universidad con más presencias en el torneo final de la NCAA sin ganar un campeonato, sería su destino. La gloria de un neoyorquino. La gloria para su tío, allá donde estuviera. "Siento que estoy haciendo algo por él", dijo para explicar su decisión. El mejor homenaje.
Dos obstáculos en el camino
"Seré más rápido y más fuerte cuando la temporada comience. Mi objetivo en verano es ponerme en forma y levantar pesas", prometía antes del nuevo curso. Lamont era listo y sabía perfectamente su punto débil. No quería regalarle ningún argumento más a los críticos. Los había. "Nunca está en gran forma", apuntaba el analista Tom Konchalski. "Debe construir su cuerpo, debe ir más allá. Se juega su reputación".
Su círculo más cercano asentía. "Hablamos sobre su peso cuando vino a casa", declaró en una entrevista su hermano Lance. "Si quería tener futuro, el juego no podía ser para él simplemente una diversión, sino tomárselo 100 % en serio". El pequeño gran Monty supo enderezar el rumbo. Se esforzó al máximo en el gimnasio, mejoró su alimentación, se centró de lleno en el baloncesto y perdió alrededor de 30 libras -13,6 kgs-, lo que le permitió alcanzar una nueva dimensión en su baloncesto. Hoy se ríe cuando habla de ese plan de adelgazamiento."Para ser una estrella tenía que trabajar muy duro. Me convertí en un jugador más completo y mi entrenador también me ayudó mucho con su trabajo. Acabé perdiendo mucho peso".
Primer obstáculo, superado. Pero en la cancha todo parecía menos idílico de aquello que imaginaba de crío. St. John's no iba bien. Y fue peor aún. Con 5 victorias y 14 derrotas de balance (5,9 puntos, 42 rebotes en 11,8 minutos por encuentro), la bomba estalló. El asunto era turbio y el amarillismo de la prensa hizo el resto. El escándalo era mayúsculo. Una mujer acusaba a varios jugadores del equipo de abusar de ella sexualmente y se pudo comprobar que la mitad del equipo había salido por la noche tras una derrota de 20 puntos. Lamont estaba entre los implicados.
Las sanciones internas fueron ejemplarizantes. Grany Reynolds, expulsado del equipo. Elihaj Ingram y Abraham Keita, suspendidos permanentemente. Mohammed Diakite y el propio Lamont, sancionados toda la temporada. Tyler Jones, apartado un par de partidos. El peligro del sensacionalismo en los medios en este tipo de casos es que, como la tortilla se de la vuelta, el daño parece irreversible. Y no se airea con tanta facilidad el reverso de la moneda.
Porque esa moneda tuvo dos caras. Tardó en conocerse la real. La mujer acabó reconociendo haber mentido para chantajear a los jugadores y fue arrestada por la denuncia falsa. Lamont ya no volvería a jugar en esa 2003-04 mas aprendió con todo aquel célebre caso una lección mucho más valiosa que cualquier otra que hubiera podido aprender en la pista. "Sinceramente, todo aquello me ayudó a ser mejor persona, a quitarme hábitos negativos y a mejorar. La vida continúa, dicen. Y yo me centré entonces en mi familia y en mi equipo". Con la cabeza más amueblada que nunca, la ayuda de Lucy, hoy su esposa, y su fe por homenajear a su tío,Lamont se redimió de sus errores y volvió a ser admitido por el equipo en agosto. Nunca le digas no a una segunda oportunidad.
El Bad Boy, el líder
Lamont había cambiado. No era solo un cambio físico, con un cuerpo más definido, más de estrella. Era otra mentalidad. Más ganas, más hambre. Amor propio, responsabilidad, ansias de revancha y un espíritu ganador trabajado sesión a sesión por sus técnicos. "¡Sé una bestia!", le gritaba Fred Quartlebaum, el técnico asistente, en cada práctica. "Tienes que convertirte en un Bad Boy", le indicaba el coach Roberts. "Y ser un Bad Boy no es solo tirarte cada balón que te llegue o anotar todos los puntos. Puede ser coger 18 rebotes o poner 6 tapones. Pero tienes que ser un bad boy cada partido".
Una noche le endosó 16 puntos y 16 rebotes a los vecinos Rutgers, con una canasta ganadora a falta de 5 segundos. Desde aquella ocasión, no hubo manera de contenerle. Clave en la zona y con un rango de tiro más amplio. Ágil, atlético. Fortalecido, dominador. Ni el Madison Square Garden, donde jugaba como local cuando no le tocaba hacerlo en Carnesseca Arena de Queens, le intimidaba. Una vez, antes del partido, vio juntos, en primera fila, a antiguas leyendas comoMark Jackson, Chris Mullin, Dick McGuire y Lou Carnesseca. En lugar de temblar, se imaginó sentado al lado de ellos. "Ojalá algún día pueda ser yo otra de esas leyendas".
Sus números se multiplicaron, con 13,3 puntos y 7,5 rebotes por partido con los Red Storm. "Se está convirtiendo en un monstruo", exclamó un técnico rival, Tom Pecora, entrenador de Hofstra. "Le conozco desde el instituto pero se está poniendo muy fuerte y ha trabajado mucho su juego". Y él no se cortaba un pelo en sus declaraciones. "He pasado de seguir al resto a liderar. Soy un líder. Todo lo que pasó el año anterior me hizo más fuerte".
Hamilton fue llamado para un combinado de estrellas del NIT para una gira por el Reino Unido, destacando en un equipo en el que estaba Steve Novak. Fuera de la pista aún le iba mejor, teniendo su primer hijo durante su periodo universitario. Otro aliciente el de ejercer la figura de padre. "El mío estaba en prisión cuando era pequeño y salió de mi vida. No fue una elección suya pero lo pagamos todo", relató.
El de Brooklyn mantuvo el nivel en las dos temporadas siguientes, con 12,6 puntos y 7,6 rebotes de media en la 2005-06 y 13,4 y 6,5 respectivamente en la 2006-07. Estaba en su salsa. "Me encanta jugar en casa porque nuestra hinchada está detrás apoyando. Pero es que también me vuelve loco jugar a domicilio y que los seguidores estén en contra. Simplemente, me encanta, es mi pasión", aseguraba desafiante aquel cuyo mejor recuerdo fueron los 36 puntos a Columbia para ganar un Holiday Festival en pleno Madison.
Qué diferente jugar en el Garden a hacerlo en el barrio. Kareem Reid, con un importante bagaje en Europa por sus temporadas en Francia y estrella del playground en Nueva York, aún se acuerda de aquellos partidos en verano con Lamont, muy respetado por su presencia y méritos en St. John's. Qué orgullo representar a su Brooklyn en semejante Universidad. Y qué difícil evadirse de la realidad de la que él mismo había escapado. "Jugabas un partido, te venían a felicitar y al segundo te proponían que te fueses con ellos a fumar. Veía a amigos en el mundo de la droga. Veíamos como ganaban mil dólares en diez minutos mientras nosotros simplemente jugábamos al baloncesto", confesó en la citada entrevista con Reverse Magazine.
Monty tenía muy claro hacia dónde dirigir sus pasos, con la esperanza de que la NBA le esperase al final del camino. No era una utopía... hasta que se torció todo precisamente en el último partido del año, contra Providence. Solo había jugado 12 minutos cuando su rodilla izquierda hizo crack. Maldito tendón. St. John' s se quedaba sin líder y Lamont sin despedida por la puerta grande, sin ilusión, sin sueños. Nada le consolaba. Ni ser uno de los 6 únicos jugadores en la historia de la universidad capaz de traspasar la barrera de los 1200 puntos, 650 rebotes y 100 tapones, ni ser esa temporada elegido en el quinteto ideal de la Big-East.
Los Spurs le habían seguido de cerca. A los Warriors también les interesaba. Pero con tres meses de lesión y sin poder asistir a las sesiones previas al draft, su nombre se olvidó por completo y la NBA le cerró sus puertas. Directo, no disimula al responder sobre aquellas semanas. "¿Que si fue una decepción? Sí". Tocado anímicamente, se convenció de que lo mejor para él y su familia era hacer las maletas y buscarse la vida al otro lado del charco. "Pensé que viviría cosas emocionantes fuera". Ahora sonríe. "Lo estoy comprobando".
A la orilla del éxito
Willy Villar fue el más listo de clase. El actual director deportivo del CAI Zaragoza fue el que más apostó por él y logró convencerle, a pesar de que su equipo estaba en LEB Oro. El Básquet Inca sería su destino. "Es el 5 que queríamos. Es muy completo, tiene talento y recursos en ataque. No es excepcional en nada, pero toca todos los palos. Nuestra suerte es que no pudo mostrarse en Ligas de verano tras lesionarse. Si hubiese estado bien, seguramente no estaría aquí", decía Villar en su presentación.
José Luis Abós, también hoy del CAI, era su técnico. Y el mítico Danya Abrams, con 10 años más, su pareja de baile en la zona en un conjunto en el que acabó promediando 12,7 puntos, 6 rebotes y 16 de valoración en su primer año en el viejo continente, de dura adaptación. "Estuvo muy bien. El entrenador, que hoy está en Zaragoza, era genial. Había química con los compañeros y jugué muy bien. Qué gran gente la de allí, muy maja. Y había lugares muy bonitos. Disfruté bastante".
Parecía la ACB su destino inevitable pero el Tenerife Rural de Rafa Sanz dio la sorpresa en verano al conseguir retenerle en la categoría. Allí las cosas aún le fueron mejor. Pagada ya la novatada, se sentía más cómodo con el estilo europeo y, además, los resultados acompañaban. Él era la gran estrella, con 13,1 puntos, 7,2 rebotes, 1,4 tapones y 16,4 de valoración de media en un equipo en el que jugaba Antelo, que ahora juega en el UCAM Murcia.
Sin embargo, cuando ya se avistaba la Final Four para el ascenso, Lamont volvió a cruzarse con el gafe. Como contra Providence dos años antes, en el peor de los momentos, Lamont se lesionó. Eternamente sin mesura, se hizo daño al machacar en una rueda de calentamiento antes del primer partido de Playoff contra Clínicas Rincón. Llegó incluso a jugar un par de minutos pero el dolor aumentaba, pidió el cambio y las pruebas determinaron más tarde una fractura en la falange priximal del tercer dedo de su mano izquierda.
Mes y medio de baja. Adiós al partido de Final Four contra el Melilla, adiós al ascenso para el equipo y otra salida por la puerta de atrás pese a los méritos contraidos. Otra vez a la orilla del éxito. "Tuvimos muy buena temporada pero me lesioné en Playoff y me quedé con esa espina clavada, pero la experiencia global fue positiva. Otro gran entrenador, conexión con los fans y una ciudad muy bonita. ¡Cómo me gustaban sus playas!"
Un romance en París
Tentadora debería ser su siguiente propuesta para abandonar la arena tinerfeña. Algo tiene París que seduce a todo el mundo. La oferta del Paris-Levallois, ese proyecto nacido en 2007 tras la unión del mítico PSG con el Levallois, le sedujo. Recién ascendido desde la Pro-B con la perlaAlbicy, Lamont firmó por un año. ¡Y qué año!
Formó una pareja letal con Vasallo, promedió 15 puntos, 7 rebotes y 16 de valoración y fue el líder de un novato que se metió en Playoff, acabando en 7ª posición la temporada. Nuevo ídolo parisino. El club no se lo pensó y le ofreció otras dos temporadas. Lamont dijo sí.
Si en su día Roberts le pedía ser un "Bad Boy", el entrenador del Paris-Levallois Christophe Denis también pedía ver el lado más "malo" de Lamont en pista. Que sacase su parte del Brooklyn más ocuro como arma. "Es esa parte agresiva la que no quiero que cambie. Tiene una parte provocadora que intenta sacar al adversario del partido. Puede generar mala reputación pero a mí me encantan jugadores con ese carácter". Y a su afición, más. Cada mate, cada gesto, cada sonrisa de ganador era una excusa más para una ovación, para una camiseta. Para idolatrarle.
Sus números nunca bajaron, aunque sirvieron más en la tercera temporada que en la segunda, cuando sus 15,5 puntos, 6,2 rebotes y 16,4 de valoración no valieron para entrar en el Playoff, conformándose con la 10ª plaza. Poco que ver con el fin de su trilogía parisina, cuando su equipo quedó 6º gracias a sus 17 puntos (4º mejor de la competición), 8,2 rebotes (2º) y 1,2 tapones (4º) de media. Esta vez sí, despedida por la puerta grande. "No pudimos pasar de ronda en Playoff pero fuimos sextos la última temporada y la etapa en aquel equipo ha sido muy grande. Crecí mucho. Me encantaron esos 3 años. Tengo que visitar París otra vez pero como turista porque es una ciudad maravillosa".
Mejor pívot de la Liga Francesa, Lamont sonó con fuerza para Donetsk a comienzos de verano, e incluso se publicó el interés de equipos de la Liga Endesa como Lagun Aro, Cajasol, CAI Zaragoza y UCAM Murcia para contar con él pero fue el Bilbao Basket el que acabó firmándole. Su gris actuación en la Liga de Verano con los Heat (3/17 en el tiro) no ayudó tampoco en su intento por apurar sus opciones NBA y el neoyorquino, desde agosto, acabó siendo uno más de los hombres de negro.
Ambición sin disimulo
Lamont empezó titubeante, con un par de encuentros irregulares, aunque muy pronto encontró el camino, tras los 21 puntos, 8 rebotes y 26 de valoración frente al Asefa Estudiantes. Al fin de semana siguiente, le comió la moral al Unicaja. En la primera parte, cargándose con un mate un tablero cuando el partido más apretado estaba. En la segunda, dominando hasta los 19 puntos, 7 rebotes y 22 de valoración. Más tarde, contra Real Madrid (16-11 y 21 respectivamente) y FIATC Joventut (12-8-18) demostró que lo suyo no era flor de un día.
En solo 10 jornadas, el pívot se ha convertido en el jugador más valorado (12,8, con 11,3 puntos, 5,4 rebotes y 1 asistencia de media) de un Bilbao Basket que protagoniza el mejor arranque de su historia, con 8 victorias, solo 2 derrotas y una tercera plaza que sabe a gloria. "Estoy tan bien en Bilbao... la culpa es del entrenador y del staff técnico por hacer un trabajo tan bueno y conseguir que nos acoplásemos todos los jugadores nuevos en un tiempo tan corto. Además, estoy en una gran ciudad y esta afición me encanta".
La ecuación es clara. Cuando Lamont está en pista, el viento sopla a favor. Es el mejor en su equipo en la estadística +/- con un +7,7 de promedio y se cuela en el Top15 de la Liga Endesa también en tapones (14º, con 0,9), mates (9º, con 0,9), tiros de 2 (12º, con 3,9) y tiros libres (8º, con 3,2). ¿Hasta donde, Lamont? "Esta no es mi versión más buena. Puedo mejorar. Solo estoy jugando de forma correcta, soy capaz de hacerlo mucho mejor".
Miribilla a sus pies, los aros temblando. Sin fórmulas mágicas. "No hay ningún secreto. Simplemente soy capaz de hacer mates y juego duro, tío", confiesa aquel que tampoco vacila al responder si es capaz de repetir lo logrado en Francia. "Es posible llegar a ser el mejor pívot de la ACB. Si sigo trabajando mi juego es posible llegar a serlo".
Sus intenciones son claras y no disfraza de falsa modestia sus objetivos. "Por supuesto que puedo ser un líder aquí en Bilbao. Si continúo trabajando así y haciendo todo lo que puedo, el equipo lo notará. Le daré al Bilbao Basket todo lo que necesite de mí, sea con asistencias, rebotes o con mates fantásticos". Puro Monty.
"Balones a Monty"
Suena "Empire State of Mind", ese himno neoyorquino que cantaron Alicia Keys y Jay-Z. La canción favorita de Lamont, que canta como suya la letra desde el "Yeah, Imma up at Brooklyn" inicial. Extasiado, se quita los auriculares, y se pone a ver la tele. O una peli. O una buena ronda de videojuegos deportivos. "Me relaja mucho. Me despierto, desayuno, veo a mi hijo y ya voy relajado al entrenamiento. Vuelvo, juego con mi niño, veo la tele con mi mujer... y es maravilloso. No es mucho pero me encanta. Y vuelta a empezar".
"Ellos son felices aquí", reconoce sonriente. "A mi mujer le encanta Bilbao, piensa que es una ciudad muy bonita. Y mi hijo de 16 meses se lo está pasando fenomenal aquí. El otro, de 7 años, está en Estados Unidos con su abuela materna porque tiene que ir al colegio. ¡Qué ganas de las visitas!"
Lucy no se quiere perder ningún show de Lamont. Ya es un ritual ver bajar las escaleras con su hijo pequeño, a esa estudiante de medicina deportiva que conoció en la universidad y con la se casó en plena playa jamaicana. Y el 11 de negro no falla, gritando al viento, mirando a la grada tras cada acción espectacular.
Hamilton responde en inglés. Entiende el español, al igual que el francés, pero le cuesta hablarlo."Estoy trabajando en ello, eh", replica alguien que confiesa estar atraído por la mentalidad europea de ver las cosas cuyo sueño en el baloncesto es tan ambicioso como su juego: "Deseo ser conocido dentro de unos años como un gran jugador. Que siempre se hable de mí como un enorme jugador que trabajó muy duro".
"We ride together, we die together. Bad boys for life" ("Caminamos juntos, morimos juntos, rebeldes para siempre", se usó en la versión española). Es la frase más famosa de la película que más le enganchó, Bad Boys II (Dos policías rebeldes). Ya se lo gritaba el coach Roberts. Quizá la vuelva a poner esta tarde, en el sofá con su mujer e hijo, para ver a un Will Smith que si jugase al baloncesto, sería como Lamont en pista. Sus gestos, su punto chulesco y simpático, su carisma.
Del "balones a Will" al "balones a Monty". Y qué más da. De Bad Boy a Hombre de Negro. El Príncipe de Bel-Air es hoy el Príncipe de Brooklyn. Dijo una vez el poeta latino Marco Valerio Marcial que la máxima virtud de un príncipe es conocer a los suyos. En unos meses, Hamiltonparece saber perfectamente qué quiere cada una de las personas que llenan Miribilla. Qué bien le hizo aquella carta de su padre en sus días grises en St. John's o en las lesiones que zancadillearon su caminar. Y qué idílico sería reformular la frase: "La gente dura resiste. Los buenos momentos, también". ¿Acaso un príncipe no es capaz de lograrlo?
Sus intenciones son claras y no disfraza de falsa modestia sus objetivos. "Por supuesto que puedo ser un líder aquí en Bilbao. Si continúo trabajando así y haciendo todo lo que puedo, el equipo lo notará. Le daré al Bilbao Basket todo lo que necesite de mí, sea con asistencias, rebotes o con mates fantásticos". Puro Monty.
"Balones a Monty"
Suena "Empire State of Mind", ese himno neoyorquino que cantaron Alicia Keys y Jay-Z. La canción favorita de Lamont, que canta como suya la letra desde el "Yeah, Imma up at Brooklyn" inicial. Extasiado, se quita los auriculares, y se pone a ver la tele. O una peli. O una buena ronda de videojuegos deportivos. "Me relaja mucho. Me despierto, desayuno, veo a mi hijo y ya voy relajado al entrenamiento. Vuelvo, juego con mi niño, veo la tele con mi mujer... y es maravilloso. No es mucho pero me encanta. Y vuelta a empezar".
"Ellos son felices aquí", reconoce sonriente. "A mi mujer le encanta Bilbao, piensa que es una ciudad muy bonita. Y mi hijo de 16 meses se lo está pasando fenomenal aquí. El otro, de 7 años, está en Estados Unidos con su abuela materna porque tiene que ir al colegio. ¡Qué ganas de las visitas!"
Lucy no se quiere perder ningún show de Lamont. Ya es un ritual ver bajar las escaleras con su hijo pequeño, a esa estudiante de medicina deportiva que conoció en la universidad y con la se casó en plena playa jamaicana. Y el 11 de negro no falla, gritando al viento, mirando a la grada tras cada acción espectacular.
Hamilton responde en inglés. Entiende el español, al igual que el francés, pero le cuesta hablarlo."Estoy trabajando en ello, eh", replica alguien que confiesa estar atraído por la mentalidad europea de ver las cosas cuyo sueño en el baloncesto es tan ambicioso como su juego: "Deseo ser conocido dentro de unos años como un gran jugador. Que siempre se hable de mí como un enorme jugador que trabajó muy duro".
"We ride together, we die together. Bad boys for life" ("Caminamos juntos, morimos juntos, rebeldes para siempre", se usó en la versión española). Es la frase más famosa de la película que más le enganchó, Bad Boys II (Dos policías rebeldes). Ya se lo gritaba el coach Roberts. Quizá la vuelva a poner esta tarde, en el sofá con su mujer e hijo, para ver a un Will Smith que si jugase al baloncesto, sería como Lamont en pista. Sus gestos, su punto chulesco y simpático, su carisma.
Del "balones a Will" al "balones a Monty". Y qué más da. De Bad Boy a Hombre de Negro. El Príncipe de Bel-Air es hoy el Príncipe de Brooklyn. Dijo una vez el poeta latino Marco Valerio Marcial que la máxima virtud de un príncipe es conocer a los suyos. En unos meses, Hamiltonparece saber perfectamente qué quiere cada una de las personas que llenan Miribilla. Qué bien le hizo aquella carta de su padre en sus días grises en St. John's o en las lesiones que zancadillearon su caminar. Y qué idílico sería reformular la frase: "La gente dura resiste. Los buenos momentos, también". ¿Acaso un príncipe no es capaz de lograrlo?
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